El dispensador de somnis d´IB3 Ràdio

dimarts, 24 de novembre del 2009

Aquest dilluns la guanyadora del PREMI DE NARRATIVA DE MALLORCA FANTÀSTICA 2009: Natalia Corbillón.

dimarts, 24 de novembre del 2009
Hem ençatat la setmana amb una magnífica ploma: la flamant guanyadora del PREMI NARRATIVA de la segona edició de MALLORCA FANTÀSTICA:


NATALIA CORBILLÓN
Premi Narrativa MALLORCA FANTÀSTICA
per "El Amante Fiel"

Ahir parlàrem amb ella quan quasi no feia ni dues hores que habia arribat de bell nou a la seva terra Galicia. Després de confessar que ha passat un cap de setmana molt intensa al festival i a la nostra illa, varem tenir l´oportunitat de parlar de la seva obra literària LOS HIJOS DE GEA i del relat que li ha valgut el merescudíssim premi de narrativa d´enguany de MF2009. A continuació vos possem el texte íntegre:
El amante fiel


Aquella era una de esas calles en las que, si se miraba con ojos amables, se podía apreciar todavía el halo de un esplendor pasado, atrapado en los semiderruidos muros de sus edificios. Las casas, la mayoría de tres plantas de altura, se mecían unas a otras para ayudarse a sostener sus agarrotados huesos en el ocaso de su vejez, esperando que algún día la mano de los hombres a los que habían visto fluir entre sus calles durante su juventud, regresaran para cuidar de ellos así como ellos lo habían hecho algún día lejano. Ahora, sólo deambulaban por allí unas pocas personas, algunas de ellas demasiado mayores para abandonar el lugar en donde habían vivido toda su vida, otras demasiado ebrias para percatarse tan siquiera de si caminaban por la acera o por el medio de la carretera.
En mitad de aquella destartalada calle, había un pequeño edificio de dos plantas, con un tejado en la tercera que se torcía peligrosamente en su abrupta pendiente. Estaba entre dos altos edificios que otrora habían sido sin duda de los lugares más elegantes y sofisticados en los que uno podría soñar con vivir. De esos con amplios balcones en la fachada, adornados con flores, tan refinados que las damas de la casa ni siquiera permitían que el servicio sacudiera allí las polvorientas alfombras. Pues bien, entre aquellos dos edificios, se encontraba una estrecha construcción, humilde pero bella en su sencillez. La pared de su fachada había perdido ya el fulgor de sus pintorescos colores, y la pintura ya opaca se descaspaba entre el polvo y el olvido.
A través del gran ventanal apenas se veía tras la capa de mugre de los cristales. Y lo que se adivinaba, solo eran cajas, maderas de antiguos estantes y unas máquinas de forma indescifrable en la penumbra de su soledad. Todavía, sobre la puerta, el viento mecía de vez en cuando el tablón de madera en el que aún podía leerse: Imprentas La Ilusión.
Al fondo, cubierta sobre una apolillada alfombra cuyo color ahora grisáceo debió haberse parecido al azul marino, una escalera contaba distraídamente los poros de sus peldaños de madera, viendo como el paso de los años había convertido su pulida piel en una sucesión de agrietados tablones que crujían aún sin sentir el peso sobre ellos.
De pronto, en mitad de aquella quietud, un golpe sordo resonó desde el ático, y los restos de una ráfaga de viento caprichoso bajaron las escaleras sin la fuerza inicial, levantando ligeramente el polvo de la barandilla. Sus ligeras partículas volaron y flotaron en el aire, arrastradas por aquella corriente esquiva hacia la planta superior, solitaria y llena a su vez de estanterías repletas de los libros que allí se habían impreso. La corriente cesó, el aire perdió fuerza y aquellas motitas se quedaron flotando entre la melancolía de aquellos recuerdos hasta caer sobre ellos y fundirse con el olvido de su abandono.
Desde el ático, más claro esta vez, se oyó el ronco toser de unos pulmones viejos y mal cuidados. Se filtraba hasta allí algo de luz proveniente del tejado, que delataba que el sol todavía mantenía vivo el aire en el tejado.
Allí arriba, en el escaso espacio que el inclinado techo escondía bajo sus vigas, había una estrecha cama cuya colcha descolorida acusaba el uso continuado, mimada por un cariño desbordado del dueño que se aferraba a ella como a sus invalorables recuerdos. A su lado, una lámpara de aceite consumía todavía una llama que bailaba ahora eufórica con la brisa mañanera como compañera de baile y, a sus pies, un viejo espejo se reflejaba sobre el agua de una jofaina. Un antiguo escritorio que todavía, a pesar de los años, conservaba el brillo casi intacto de su madera de roble y la talla impecable que el ebanista había bordado en sus patas, separaba la cama de una pequeña alacena sobre la que descansaba un hornillo de gas.
La figura encogida de un hombre trataba de bloquear las hojas de la pequeña ventana que daba a la calle. Sus arrugadas y toscas manos apenas lograban ejercer fuerza sobre los postigos. Tras asegurarlas, se acercó a la mesilla y apagó la llama de la lámpara.
Con la lentitud que su cuerpo oxidado le exigía, se aseó sobre la jofaina sin prestar atención a la arrugada visión que el espejo le devolvía entre sus manchas y roturas, vistió sus pantalones habituales sobre los calzones largos y se puso su camisa de cuadros marrones. Por encima, su chaleco de lana y, aunque nunca salía a la calle, su boina marrón. Luego, como cada mañana, se sentó sobre la cama durante un minuto a recuperar fuerzas, se puso sus grandes lentes de contacto de pasta marrón y preparó café. Con la taza en una mano, asió fuertemente la barandilla de la escalera y descendió como pudo a la planta inferior. Allí apenas llegaba parte de la luz de la buhardilla, pero él no necesitaba la luz para ver el camino. A pasos renqueantes, llegó al otro extremo y abrió una de las contras de la ventana, permitiendo que solo una escasa rendija de luz entrase. El justo rayo para permitirle ver, pero sin que llegase a rozar alguno de los cientos y cientos de libros que allí descansaban, para que la luz no pudiese jamás robar un ápice de su color. Tampoco abrió la ventana permitiendo el paso del viento loco, para que su oxígeno no envejeciera aquellas hojas llenas de letras y ningún sonido pudiese perturbar su sueño.
Se sentó en su viejo sillón de grandes orejas y, en medio de aquel silencio roto por miles de historias en tinta, saboreó el café perdiendo su imaginación en la memoria que encerraban aquellos estantes. En sus cuentos, tragedias, en sus personajes, en tantos y tantos lugares que había no sólo visitado, si no ayudado a visitar a tantísima gente. Todas y cada una de las ediciones que allí se habían impreso habían supuesto una satisfacción enorme para él. Había mimado a cada nuevo libro como si se tratase del nacimiento de un hijo y, aún cuando aquella era una de las mayores imprentas de la ciudad y varios empleados trabajaban a su cargo, había disfrutado personalmente preparando los modelos, encuadernando, encolando y cosiendo mano a mano las obras. Nadie había cuidado los detalles como él, pues nadie amaba tanto los libros como él lo hacía. Sus clientes lo sabían y, durante años, habían acudido a él sin dudarlo en busca del mejor hacedor de libros que pudieran desear para sus ediciones.
Sin embargo, la edad además de sabiduría quita fuerzas, y el paso de los años trajo, además del progreso a la ciudad, su propio deterioro. Una gran imprenta, moderna y con los últimos avances tecnológicos había abierto su negocio en uno de los nuevos barrios pudientes. Su trabajo no tenía nada de artesanal, y no podía ni manera alguna compararse con su habilidad y destreza, pero las nuevas técnicas hacían que los libros resultasen al editor muchísimo más baratos y el tiempo de edición se reducía mucho más.
Él había seguido fiel a su trabajo y a sus creencias, y se había negado a abandonar su propia filosofía a pesar de que su negocio había dejado ya de ser rentable. Al final, la jubilación le había obligado a dar un paso que las circunstancias pedían a gritos, y hacía ya casi diez años que había echado el cartel de CERRADO.
Aquel día, una parte de su corazón se había cerrado también, y su amor por los libros lo había llevado a encerrarse en aquel edificio sin esperanza alguna, con el fruto de su trabajo y el alma entre aquellas páginas, protegiéndolas para que la tristeza de una realidad que le había vencido a él, no manchase ni uno sólo de los increíbles momentos que allí se recogían.
Así, día tras día, se pasaba las horas en aquel sillón custodiando y reviviendo épocas pasadas, y leyendo centenares de libros solamente con las imágenes de su memoria.
El café se terminó, dejando aún su fuerte olor en la porcelana de la taza, y la taza reposó en su regazo mientras bajo sus párpados, una nueva historia lo entretenía lejos de la semipenumbra de aquel cuarto oscuro.
Pero de repente algo lo sacó de su ensueño. Un sonido, que provenía de la planta baja, lo sobresaltó haciéndole regresar de golpe a aquella estancia. Permaneció a la escucha con la confusión que produce la transición entre los sueños y la lucidez, preguntándose si quizá no se habría quedado dormido y no había sido más que el sobresalto de una pesadilla. Pero no, allí estaba una vez más. Algo se removía en la planta baja. Con los nervios en un puño, se levantó con dificultad y buscó una lámpara de aceite. La prendió y la alzó enfrente de sus ojos, dirigiéndose a la escalera.
Descendió tratando de no hacer ruido pero los peldaños, que no habían sido usados en años, crujieron bajo su peso delatando su presencia. Los ruidos cesaron repentinamente y el anciano se quedó muy quieto, con la sangre bombeando contra sus arrugadas sienes.
- ¿Q-q-quién anda ahí? –se aventuró, casi sorprendiéndose de su propia voz. Al principio, sólo el silencio más absoluto le devolvió la respuesta. De nuevo, el ruido de cajas al ser removidas lo hizo dar un respingo. Asustado alzó la luz y volvió a preguntar, sin tartamudear esta vez.
- ¿Quién anda ahí? ¡Responda!
De repente, del otro lado de la planta, un maullido le llegó amortiguado por los cartones. Su rostro se relajó e instintivamente se contrajo en una sonrisa. Descendió los últimos escalones y avanzó guiado por los maullidos. En la esquina, entre unas cajas, dos ojos verdes lo miraron asustados.
- Pequeño ladronzuelo –le dijo sonriendo, -me has dado un susto de muerte. El gato atigrado maulló de nuevo y se removió nervioso -. Has debido de entrar mientras yo dormía. ¿Qué estás haciendo aquí abajo? No encontrarás comida aquí. Ven conmigo y te daré un poco de leche, ¿quieres? –invitó mientras extendía la mano hacia él. El animal lo miró receloso al principio pero se acercó y husmeó sus dedos, restregándose contra su mano. –Si… parece que tú también quieres compañía –le dijo. Se enderezó de nuevo y, cuando el gato saltó de la caja en la que estaba, ésta volcó y parte de su contenido salió, quedando esparcido por el suelo.
El se quedó mirándolo y, con manos temblorosas, lo recogió y lo observó. Se trataba de unos pergaminos de papel muy antiguo, grueso, pero pulido y extremadamente delicado. Ni siquiera con el paso de los años, su color crema se había vuelto amarillento, a pesar de haber quedado confinado a aquellas cajas de cartón polvorientas y descuidadas. Curioso, miró qué más había en aquellas cajas y descubrió varios rollos más de aquel papel, así como finas telas de seda bordada con las que antaño había hecho auténticas obras de arte en las encuadernaciones acolchadas, y también encontró rollos de cuero de varios colores. Muchas de las telas estaban ya raídas y apolilladas, y se reprendió mentalmente por no haber sido más cuidadoso con aquello.
Tomó una caja vacía entre las manos y guardó con cuidado todo aquello que todavía estaba en buen estado, y se la llevó consigo. Cuando consiguió llegar a la buhardilla el gato, que se había tumbado sobre la cama a esperarlo, levantó su cabeza y lo miró con atención.
- Parece que tendré que darte las gracias al fin y al cabo –le dijo, contento de poder hablarle a alguien. Dejó la caja sobre la mesa del escritorio y cogió una botella de leche, vertiendo un poco en un cuenco. Al olerlo, el animal se acercó de inmediato y comenzó a beber con brío del recipiente. –Estabas hambriento, ¿eh?
Le dedicó una sonrisa mientras el gato se afanaba en saciar su hambruna, y dejó de nuevo la botella en un estante, lejos del alcance del animal. Se dio la vuelta y observó la caja. Casi por reflejo, se sentó ante el escritorio y de nuevo, la vació examinando minuciosamente aquellas telas y papiros. No había llegado a usar jamás aquel papel. Era un regalo especial que un amigo suyo le había traído de China, y nunca había encontrado la ocasión perfecta de utilizarlo en una de sus ediciones. Las sedas, traídas desde África, habían sido compradas para una gran edición que finalmente había sido cancelada para ser contratada con la nueva y moderna imprenta del otro extremo de la ciudad. Y aquel cuero, era algo muy preciado que jamás había utilizado, ya que eran los restos de la fábrica de curtidos en la que su tío había trabajado hasta el día de su muerte. Aquella caja era lo más parecido a un baúl de los tesoros para él.
De repente, se encontró rebuscando entre sus cosas y acercando la caja de latón en la que guardaba los instrumentos, el hilo de bordar, la cola, y todas las pequeñas herramientas con las que siempre había desarrollado su trabajo y, sin darse cuenta, se encontró recortando aquel cuero, enhebrando las agujas, trazando dibujos y trabajando el papel, para dar forma a un nuevo libro.
Las horas y los días pasaron, mucho aceite se consumió en aquella lámpara, y en silencio, el anciano volcó toda su soledad, sus recuerdos, su mudo dolor por una nostalgia incurable en la creación de aquella obra sin título ni autor. Sus manos arrugadas parecían haber recobrado la vivacidad momentánea y, a pesar de su tosquedad, acariciaban el fino papel con una delicadeza extrema, mientras su mente contaba cuentos a aquellas hojas en blanco, en los que un hombre solitario se marchitaba entre sus libros esperando que el tiempo caducase su cuerpo para que su alma pudiese volar libre y quedar para siempre atrapada entre aquellos, historias de un amor y de un amante que, abandonado por su propia vida, se construía ahora una nueva amante de papel, más virgen y pura y hermosa que cualquiera que jamás hubiera pasado por sus manos.
Aquel libro fue creciendo entre sus recuerdos y entre sus suspiros, tomando forma y volumen y cuando por fin, muchos días después, se quitó las gafas para contemplar su obra ya concluida, no pudo contener la sensación de orgullo que lo invadió como un huracán, pues aquella era sin duda alguna su mejor obra.
Un libro de gran tamaño y gran grosor, cuyo papel emitía destellos dorados en sus cantos. Las cubiertas de cuero verde teñido, gruesas y duras, tenían una suavidad inmaculada a pesar de los bordados dorados que dibujaban filigranas en forma de gatos que enroscaban sus colas hacia las esquinas de la cubierta. Los animales habían sido hechos con tal detalle, que casi parecían cobrar movimiento y querer saltar del libro.
En el interior, la encuadernación se ocultaba bajo una tela de seda dorada, salpicada de pequeños lirios negros y rojos bordados exquisitamente por la sabia mano de los tejedores.
Con suavidad, pasó la primera hoja y la encontró desnuda y perfecta al mismo tiempo.
Pensó entonces qué podría imprimir en aquel libro tan perfecto. Nada había que considerase lo suficientemente bueno para ser impreso en aquella obra maestra suya.
Durante días, comió las horas en su sillón contemplando aquellas hojas vacías y tratando de idear algo con lo que llenarlas. Por las noches, sus sueños se removían y su descanso se veía turbado por aquella inquietud.
Finalmente, una noche en la que estaba a punto de acostarse, el maullido de su nuevo amigo lo sobresaltó desde la ventana. Afuera azotaba un viento frío que empujaba la lluvia contra el cristal. Abrió y cerró rápidamente tras el animal, y colocó una manta vieja en una esquina, al lado de su ya habitual cuenco de leche.
Se sentó ante el escritorio mientras lo veía comer, acariciando su lomo para apaciguar al animal, que ronroneaba a pesar de estar atareado. Luego, satisfecho ya tras tener el estómago lleno, se estiró, se rozó contra la pierna del anciano y se dirigió a la esquina tumbándose sobre la manta a descansar.
El anciano sonrió y se giró hacia el escritorio. Casi sin pensarlo, abrió el libro por la primera página. Aquel libro era demasiado perfecto para meterlo bajo ninguna plancha de impresión. Demasiado perfecto para una letra de imprenta. Era el libro más artesano que jamás se había creado, y merecía también una letra artesana. Sin saber muy bien lo que hacía, preparó un tarro con tinta negra y una pluma y, con sumo cuidado, mojó la punta de la misma en la tinta y la acercó al papel. Con la más pura delicadeza, deslizó la plumilla sobre la superficie lentamente hasta trazar una letra E mayúscula, cuyo extremo superior se retorcía en lazos que parecían jugar y perderse en sus juegos. Se detuvo y se ajustó las lentes. Quedó satisfecho, así que continuó escribiendo. Escribió su primer recuerdo de cuando era niño, el día en que su padre había vuelto de la guerra trayéndole un regalo: su primer libro.
La exactitud que aquella caligrafía magistral requería lo agotó enseguida, y pronto abandonó su trabajo para acostarse. Y esa noche, durmió. Y durmió satisfecho. Al día siguiente dedicó algunas horas a continuar relatando el triste final de aquel recuerdo, en el que su hermano mayor había tirado el libro que su padre le había traído a la hoguera. Cuando lo terminó, dejó que la tinta se secara y cerró el libro. Bajó a su sillón a saborear una sopa caliente y, agotado, se quedó dormido con el gato atigrado sentado sobre su regazo.
Esta vez, no fue un felino el que lo despertó, aunque sonaba parecido. Todavía en el borde de los sueños, le parecía oír un quejido lastimoso que provenía de la buhardilla. El animal no estaba ya sobre sus rodillas y creyó que, tal vez, se había quedado atrapado en algún recoveco del cuarto.
Llamándolo, subió las escaleras y descubrió al animal que lo miraba tranquilamente tumbado en su manta, como si hubiera sido molestado de su plácido sueño.
Extrañado, pensó que habrían sido imaginaciones suyas, debidas a la edad. Pero de nuevo, un aullido, como de un profundo dolor, se escuchó. Asombrado, comprobó que el sonido provenía del libro. Cuando se acercó, comprobó boquiabierto que los gatos de la cubierta se habían movido, y su postura se alzaba como si maullaran a la luna, dibujada en la parte de arriba por las colas de los felinos del recuadro superior. Pero más se asombró todavía cuando comprobó que, de entre los cantos de las hojas, chorreaba tinta negra en forma de lágrimas. Alarmado, abrió las hojas y descubrió que el final de su relato se había diluido y había desaparecido, cayendo por entre las hojas mientras el papel emitía un lastimero sonido.
Temiendo que el libro se pudiera estropear, secó la tinta con su pañuelo y se sentó ante el libro preocupado por lo que había ocurrido. No sabía qué había podido pasar, a qué podía deberse y no sabía qué debía hacer ahora. Pero lo único que se le ocurrió, fue coger de nuevo la pluma y volver a escribir. Cuando la plumilla rozó el papel, el libro se calmó, la tinta dejó de fluir y el papel pareció relajarse bajo su contacto. Y así, llenó páginas de nuevo hasta el anochecer, cuando abandonó su puesto y se rindió al sueño reconfortante en su cama. Sin embargo, por la mañana, de nuevo lo despertó el aullido triste del libro, que reclamaba sus atenciones. Parecía que sólo su hábil mano y sus historias parecían calmar aquella inexplicable tristeza en la que sus perfectas hojas amanecían derramando lágrimas de tinta. Así, aquello se convirtió para él en una rutina. Escribía y escribía durante el día, recordando momentos de su vida y hablando con el libro para tratar de apaciguar aquellas repentinas lágrimas, aquel mimo desolador, y durante la noche se acostaba temiendo no haber escrito lo suficiente para calmar la necesidad que su obra tenía de él hasta el despertar. Tal era esa necesidad, y tal el lazo que los unía, que el anciano terminó por perder la noción del tiempo, y las noches se perdieron también entre aquellas hojas, consumido ya el aceite de la lámpara. Su mente y su razón pertenecían ya al interior de aquellas páginas y, poco a poco, la sangre ya sin fuerza que corría por sus venas, fue tornándose oscura y negra como la tinta con la que escribía, y su tez perdió el color de la vivacidad, volviéndose grisácea como si de una estatua se tratara. Sus ojos se velaron abandonando de su cuerpo todo rastro de vida y solo el petrificado cuerpo de un anciano sentado ante su libro sobrevivió el paso de los años. Sin embargo, aquella pluma seguía moviéndose día tras día entre los dedos inmóviles de su amo, impulsada por el amor de un alma atrapada para siempre en el regazo del amante que él mismo había creado. Un amor totalmente dependiente, un amor desesperado, un amor verdadero.

Muchos años después, cuando al fin la modernidad acusó aquella antigua calle y un nuevo propietario se interesó en el local, encontraron el cuerpo del anciano sentado ante su libro. Cuando quisieron coger el libro para contemplar lo que decía, la tinta de las páginas se disolvió instantáneamente borrando de él su contenido y guardando aquella historia de amor únicamente en la intimidad más absoluta de su protagonista. Solamente la primera página quedó escrita, y en ella, en las más hermosas letras jamás escritas, rezaba:
El amante fiel




Natalia Corbillón González
nataliacorbillon@gmail.com

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